La cama va perdiendo el calor de la noche y se hace inhóspita. Amanece. El mosquito solitario, patudo y aguardante, aparece detenido en el techo directamente sobre mi cabeza. No es momento ni para levantarse por un mosquito ni de abandonar la tibieza de las sábanas, que aún retirándose, todavía está ahí como rescoldo del sueño. El arranque del motor de una motocicleta en la calle pareció despegar del techo al mosquito poniéndolo ante mi mirada neutra, en la pared de la derecha. Lo aplastaré con la revista de artesanía que tengo sobre la cama, a mi lado. No es el arma apropiada, aunque me imagino el plaf sonoro, seco, categórico del mueble provenzal de portada al dar en el cuerpo invertebrado del insecto. Será un asesinato desproporcionado. El mosquito no me hará perder la vida, apenas me causará la molestia del zumbido, tal vez de muchos zumbidos, anterior al lanzazo final. Con suerte morirá de un cachetazo, el pobre. Pero el ataque previo, por las dudas, con la revista, es la respuesta de un asesino que mata hoy a un mosquito, mañana a un gato o a un perro, y quizá, también a un hombre. El cura de Asís no pisaba las hormigas. De cualquier manera la revista me la prestó Andrea; no puedo devolverla con un plastrón de sangre. Deben haber tres metros entre el mosquito y yo. ¿Me estará mirando? No sé siquiera si los mosquitos tienen ojos que puedan ver a esta distancia. Me da vergüenza ser tan ignorante. Debí atender un poco mejor a la profesora de eso cuando estuve en el liceo. ¿Si no pueden ver, cómo cuando me arrimo se van? Quizá tengan radares como los murciélagos ¿ Pican los machos o las hembras? Hay un sexo inofensivo; lo leí por ahí. Si no me meto con él....Dejémoslo así. El sol debe estar fuerte por que hay demasiada luz para esta hora, 7:30 en el reloj de la mesa de luz que veo reflejado en el espejo del ropero, frente a mí, a los pies de la cama. Estoy satisfecho con este cuarto, es funcional. Mi burbuja doméstica es perfecta. Los pantalones doblados sobre la silla, junto con la camisa y la campera. Al lado de la cama, en el piso, tiene que estar el libro que leí anoche. Era, ¿cuál era? Ah, sí... Las heces de los dioses del checoslovaco de moda. ¡Qué horror! Junto al libro, infaltables, las zapatillas. Miro al mosquito. Está aún en su sitio y yo he encontrado el arma. Nunca fui tan felino ni calculador; jamás medí mis movimientos con tanta precisión. El golpe sobre el pobre bicho es rotundo, violento y definitivo. Queda en el revoque hasta la marca del yute tejido, rodeando, destacando la anatomía del mosquito. Vuelvo a la cama que, vaya cosa extraña, ha recuperado calor con la nueva seguridad. Desde abajo miro mi obra en la pared. Pienso que quizá, sólo quizá, este animal escrachado sea alguna vez, miles de años más tarde, un resto arqueológico. En tanto, de mí no quedará nada, pues es muy difícil que por la huella de una zapatilla, tan lejos en el tiempo, se reconozca a un asesino. |