Mi heladera tuvo un infarto y murió. Cuando compré el apartamento ya estaba amarilla y oxidada por fuera, y con los estantes de adentro desvencijados. El tiempo hizo progresar el deterioro. Muy petisa y ancha, supongo que era, además, muy vieja. Su virtud más destacada, tal vez lo único que se le puede pedir decentemente a una máquina de frío, era que enfriaba bien.
En unos pocos minutos hacía hielo y el termóstato debía estar al mínimo para que no se congelasen los alimentos. Ayer de tarde, cuando abrí la puerta, hizo un raro ruido y se apagó la luz interior.
-
Se quemó la lamparilla, dije.
Hoy de mañana corría agua por las baldosas del piso y me di cuenta que el raro ruido fue un estertor final. Un lamentable infarto de motor. Cuando tuve la certidumbre de que había muerto, la saqué de la cocina y la llevé al living. La sequé, la limpié hasta dejarla lo mejor que pude. Luego la cubrí con un mantel, sudario verde, a la espera de que alguien me ayudara a bajarla hasta el garaje, sepulcro transitorio a la espera de su retiro definitivo vaya a saber uno a qué desguazadero.
Me dolía verla allí sin relación adecuada con el entorno. Aburrido de mirarla con tristeza, descubrí un motor sucio, unos cables pelados, el viejo corazón
destrozado de mi heladera.
Ajusté las conexiones y le pasé un trapo final a la redonda cubierta metálica, negra y numerada.
Luego, en un acto impensado, espontáneo, como deben ser todas las grandes decisiones, la enchufé.
Y al tercer día resucitó.
¡Milagro! |