Fue de tarde cuando sonaron las bocinas de todos los coches estacionados en el puerto de Botes, el pequeño pueblo recostado en la bruma - por primera vez esa tarde, como a las cuatro - de la ensenada oceánica. Y todo comenzó de golpe, al unísono, diría más tarde el poeta del pueblo. Y sí, fue al unísono de golpe.
El día había comenzado como cualquier otro domingo de junio en los continentes pobres del sur. Aunque, sin dudas, en los continentes ricos del norte, que no conozco, los días deben comenzar como aquí: saliendo el sol. ¡Pero las canciones dicen que en el sur las cosas no son iguales que allí, y así debe ser!
Juan Concepción cubría de mostaza un pancho, inquieto porque la bruma, sin espesarse, se ponía muy gris, pero tampoco era gris recordaría más tarde, algo marrón o violeta. Claro, después las explicaciones de aquellos momentos se hicieron más confusas en el inútil intento de entender el fenómeno.
Doña Rosa, la abuela del chico muerto, aseguró que desde que vio a las gaviotas volar hacia los cerros, como disparando de la bruma verde que surgía del horizonte, pero más bien desde abajo, desde el mismo océano, pensó que algo iba a suceder. Las madres no nos equivocamos nunca, en tanto moqueaba en el pañuelo blanco que sacaba y ponía en el bolsillo del delantal.
Un truco de cuatro con mirón incluido, siempre lento, lleno de sorpresas socarronas y aclaraciones cuando se pierde la mano y silencios sonrientes cuando se gana, sintió la penumbra interior en el bar “La Biela”, pero sólo se convirtió en un che prendé la luz dirigido a alguien indeterminado.
Luego empezaron a sonar las bocinas de todos los coches.
El poblado no estaba acostumbrado a esos ruidos. ¿Bocinas para qué? Todo tan lento, tan cercano, tan poca gente. Las calles bajan hacia el puerto en severas curvas que lentifican los arrastres de las lluvias. Ningún urbanista se los había dicho, pero los boteros, que fueron haciendo la ciudad a través de los años, lograron esta forma de evitar los profundos cañadones, las hendidas barrancas de El Sauzal y de Santos, por ejemplo.
Ya dije que fue de golpe.
El maestro de música quedó embelesado, y más que esto sorprendido, por lo que llamó la cultura musical de los motores. No sólo oyó la “Marcha sobre el río Kwai”, sino las cuatro famosas notas de la V, una fuga de Bach, a Rossini-Llanero Solitario, y “lo corrieron de atrás…” de Suppe.
Figueras dejó de trabajar en el hotel después de las tres y sorbía en la cocina de su casa la sopa caliente, primer plato de su almuerzo tardío, a ventana abierta ya que el frío no era mucho. El calor del agua siempre le hacía llorar los ojos, pero esta vez, además, se le nublaron. No oyó las bocinas, porque la bestia cuando come, come, explicó su mujer.
El niño murió por razones oblicuas que poco, aunque quizá sí algo, tuvieron que ver con el extraño fenómeno que podemos sintetizar en los bocinazos y la bruma espesa. Es de suponer que el chico pedaleaba su bicicleta por el muelle cuando se fue al agua y se ahogó sin que nadie viera cómo fue. El cuerpo y la bicicleta aparecieron después de varias horas. ¿La niebla? Muchos habían predicho el accidente y le advirtieron más de una vez que si agarraba mal las tablas de madera - muchas de ellas levantadas - menudo sería el porrazo. El niño criado como huérfano por su abuela, la pescadera, poco caso hacía de todos, y así le fue.
Los coches no eran más de veinte, incluidas tres camionetas y el ómnibus de Machado. Estaban allí porque se celebraba ese día el almuerzo de confraternidad de los adherentes a la sociedad de comidas, que orgullosamente se definía como sin fines de lucro, beneficencia, políticos, filosóficos o religiosos: “Nos une el placer de comer”. Y el riesgo, podría agregarse, si se tienen en cuenta las hemiplejías, los infartos, las hipertensiones, los aneurismas y las cardiopatías diversas; además, de los trastornos hepáticos, las úlceras estomacales y los malestares anexos que hacían las delicias de Jiménez, el farmacéutico, que dicho al pasar de nada se enteró por estar durmiendo.
Los de la comida salieron a ver. Casi todos fueron hacia los coches para apagar las bocinas. Estaban soñolientos, abotagados por cuatro platos - con ciertas repeticiones - vinos y cervezas, el humo de los cigarrillos, el encierro del comedor atestado y la charla pegajosa con chistes y chismes repetidos, vulgares y, a esa altura de la tarde, desvergonzadamente obscenos. Fueron caminando como atontados en procura de sus vehículos.
En la medida en que se iban acercando, las bocinas se oían con mayor fuerza.
Charo Gutiérrez fue la primera en llegar a su Renault rojo de dos puertas. Buscó las llaves en su cartera, pero no pudo abrir la puerta del lado del volante. Dio la vuelta y probó con la otra. Sin éxito. Miró por encima del techo del auto y vio que García estaba con sus mismos problemas. Nadie podía abrir. Lorenzo tampoco conseguía levantar la tapa del motor. Los rostros se veían cerosos a través de la bruma, con una sonrisa nerviosa, que por instantes iba adquiriendo la gravedad del pánico.
Que está pasando. No lo sé. Algo ocurre.
Margarita estaba de rodillas, rezando con cara de beata de iglesia.
Vamos a llamar al comisario. Esto es una broma. Calma. Viejo, dónde están los nenes.
También comenzaron a sonar las sirenas de los barcos surtos en el muelle, con un sonido más quejumbroso y húmedo; como un grito llorando, volvió a decir el poeta luego.
Olegario tenía el walkman encendido para no molestar a su mujer que dormía la siesta en la habitación de al lado. Jugaba su equipo de fútbol un partido sin trascendencia. Por eso no estaba en la cancha; su instinto de hincha se saciaba en los relatos de Roque Hernández al que entendía perfectamente porque durante años lo ayudó a “ver” el juego que presenciaba desde la tribuna. Lo conocía tan bien que adivinaba cuando se equivocaba y entraba el de “comerciales” a darle una mano. De pronto un silbido agudo sustituyó el relato. Olegario golpeó la radio, una o dos veces, pero no pasó nada. Se quitó los auriculares, y entonces oyó el ruido que venía desde afuera, con la bruma.
Allí, en Botes, donde jamás pasó nada importante, había pasado esto. Un extraño fenómeno que duró nada más que cinco minutos.
Si se repitiera, dijo el agorero sastre del poblado, no habrá otra vez.
Las autoridades dispusieron la investigación de rigor. Vino gente con caras inteligentes desde la Universidad. El episcopado encargó a un jesuita una pesquisa discreta. El cura estuvo tentado en cargarle las culpas al pecado, pero intuyó que no le iban a sostener muchas razones e instó a la feligresía a la reflexión. Los ministerios de Defensa e Interior coordinaron esfuerzos y sus titulares declararon a la prensa que “estamos preocupados y se inició la investigación correspondiente”. Doña Carmen reabrió su hotel, la Liga de Fomento y Turismo aprovechó para pedir al Banco de la República la suspensión de intereses sobre deudas, en tanto varios restaurantes tomaban a los mozos de verano en previsión de la avalancha de curiosos que querrían saber de primera mano detalles del suceso. Y los mentirosos del pueblo fueron preparando sus versiones.
Al cabo de unos meses todo interés desapareció y el extraño fenómeno quedó instalado como un cuento de los tantos. Los aprovechados obtuvieron sus créditos, los comerciantes trabajaron un poco, y los que se dedicaban a cuidar coches en el puerto siempre tenían alguna referencia oportuna sobre el día de las bocinas de junio, con lo que aumentaban el monto de las propinas.
A los años era un cuento que aburría. Se dejó de hacer.
El suceso no se repitió más.
Estoy sentado mirando el mar hinchado como la panza de una mujer preñada. Desde el horizonte empieza a levantarse una bruma espesa, verde, marrón, violácea, que parece que sale de las aguas del océano. Las gaviotas vuelan hacia los cerros. Pongo atención a la espera del sonido de las bocinas.
Será un suceso irrepetible y final.