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Escríbale a Catalino
La rosa negra
El amor, el amor, siempre el amor, tema tan usado para las historias, las canciones, los poemas... justamente de amor se trata esta pequeña historia que voy a contarles, no les pediré que me crean, pues yo mismo no se si creerla y en realidad ya no estoy aquí para creerla, pero ese es otro tema. 
Yo era feliz en aquellos jardines, me pasaba todo el día entre jazmines, rosas, tulipanes, orquídeas, anémonas y otra infinidad de flores que cuidaba con tanto esmero como si cada una se tratara de mis hijas, exagerado, cierto, pero deberían entender que cuando uno crece toda su vida junto a las flores, las planta, las cuida y las ve crecer, recordando sus primeros brotes, se aprende a amarlas como a cualquier otro ser vivo. Un día, sentada en uno de los toscos bancos del jardín, al lado de unos rosales, vi una mujer de largos y negros cabellos, sobre sus piernas tenía un libro que leía muy concentrada. Me acerqué despacio, observándola por entre las hojas de una enredadera que tenía enfrente, pues nunca la había visto, pero no me atreví a interrumpir su lectura para preguntarle quien era y me quedé observando embobecido su belleza, pues era muy hermosa, ella leyó hasta la puesta del sol, luego se alejó serpenteando por un sendero entre margaritas y violetas, dejándome intrigado sobre su persona. Tanto me intrigó aquella mujer, que al día siguiente fui al mismo lugar y al misma hora, pero el sol se ocultó y ella no hizo acto de presencia ni siquiera una sola vez, y me puse a pensar que ya no volvería a verla, cuando al día siguiente la vi sentada en aquel lugar y con su libro en la falda del vestido verde oscuro que había llevado la vez anterior, pero la había visto cuando estaba sobre una escalera y a bastante distancia de aquel lugar. Inmediatamente bajé de un salto y troté rápidamente hacia donde estaba la chica, pero cuando llegué no había nadie, el único rastro que delataba su presencia fue un exquisito aroma que flotaba en el aire y que estaba seguro, no pertenecía a ninguna de mis flores, me senté en aquel banco a oler su perfume hasta que este desapareció y solo me quedó el recuerdo, como una estela dejada por un barco. 
Al día siguiente la encontré inclinada sobre un rosal, quedé inmóvil, pues nunca había estado tan cerca de ella, y en el aire por donde había pasado, aún flotaba el aroma de aquel delicioso perfume, me acerqué por detrás y le dije:
- Camelias - Intenté que mi voz pareciera lo mas serena posible - Son rosas Camelias.
Ella se enderezó y se dio vuelta bruscamente, seguramente la había asustado mi repentina aparición, pero su respiración se serenó cuando vio en mis manos el rastrillo y las tijeras de podar, delatándome como el jardinero de aquel lugar, se quedó callada mirándome muy atenta, tenía los ojos de un castaño oscuro muy bonito, aunque en realidad todo en ella era hermoso. 
- Son mis favoritas - le dije para romper aquel incómodo silencio en el que habíamos caído.
- ¿Las plantaste tú? - Aquel sonido no lo podría definir con palabras, imagínense una nota musical en la cual hay un espacio que se llena de silencio y de sonido a la vez, era como el fuego y el agua en un solo elemento: su voz.
- Si desde mi adolescencia, así como todas las flores, excepto algunas pocas, que aquí ves.
A partir de ese momento hablamos y hablamos mucho, de todo y de nada, pues nos mirábamos largo rato cuando quedábamos en silencio, pero eso no significaba que en el aire no se sintiera la agitación de nuestros sentimientos, hablamos de mis flores, y de su inseparable libro (el cual, según me enteré, no era otro que la famosa historia de Romeo y Julieta), ella amaba leer y le gustaban mucho las flores, sobre todo mis rosas, había venido aquí, porque le parecía un lugar tranquilo para leer, también hablamos de mi trabajo, de cómo había llegado a jardinero, hasta que el sol se puso, y ella dijo que debía irse para estar en su casa antes del anochecer, me regaló un débil "adiós" con aquella voz tan singular que poseía. 
Pasaron los días, las semanas y los meses, y siempre nos encontrábamos bajo aquel rosal donde la vi por vez primera, llegamos a conocernos tanto que muy pronto ya no teníamos secretos que ocultarnos y nos hicimos muy buenos amigos, y aquel rosal de Camelias fue testigo de todas nuestras horas y encuentros juntos, fue testigo de nuestro primer beso, porque por si no lo sabían, nos enamoramos intensamente, fue entonces que luego de haberla besado, miré el rosal que tenía a mi lado, y vi algo que me llamó increíblemente la atención, entre aquellas rosas lilas con pintas blancas, se asomaba una rosa negra. 
Era de una belleza bastante singular, la perfección de sus pétalos me sorprendió, así como la cuidadosa ubicación de sus espinas, muy juntas y en espiral alrededor del tallo, se la mostré a ella, quien muy pronto la asoció con el nacimiento de nuestro amor , pues aunque todos saben que el negro es un color que se lo relaciona con la muerte, en aquel momento, ninguno de sus matices hubiera podido ser relacionado con otra cosa que no fuera pasión y felicidad. 
Pasó algún tiempo, el mejor de mi vida y lo viví con mi chica, y la rosa negra no moría, todo el rosal estaba vacío excepto por ella que seguía inalterable, perfecta, y hermosa, tal como nuestro amor. 
Nos amábamos tanto que incluso habíamos pensado en la posibilidad de irnos a vivir juntos en alguna acogedora casa rodeada de jardines en las afueras de una ciudad pero... ¡que extraña puede parecerle a uno la vida!, pues primero te besa en la cara y te da la felicidad mas bella que pudiera uno desear, para arrebatártela en un instante un día cualquiera, dejando un vacío en el corazón imposible de rellenar. Sucedió que una tarde cualquiera estaba yo en mi casa, a punto de partir a mi trabajo, cuando el cartero pasó un sobre amarillo por debajo de mi puerta. Tomé el sobre un tanto extrañado, pues no conocía a nadie que tuviera razón alguna para escribirme, y leí con un creciente dolor en el pecho, como un furtivo ardid de la despiadada muerte había arrebatado la vida de mi amada, llevándose mi felicidad y razón de vivir a otro mundo. Aquel día no trabajé, sino que fui directamente a nuestro lugar de reunión preferido, al banco bajo la rosa negra, donde nos habíamos besado por primera vez, y donde mi corazón quedaba todos los días, en formas de recuerdos maravillosos de todos los momentos que pasábamos, pero ahora estaba solo y aunque sabía que ella no vendría nunca, me senté en aquel pedazo de madera mal tallada y tomé la rosa negra entre mis manos cortando suavemente el tallo en el cual se encontraba, me la llevé al pecho y cerré los ojos, recordando... pero inmediatamente los abrí al creer sentir en el aire el inconfundible aroma de ella, me levanté bruscamente, tirando la rosa al suelo, y me puse a buscar frenético a mi amada flor de cabellos negros y vestido verde oscuro; cuando mis ojos se cruzaron con la rosa en el suelo, se quedaron clavados en ella, una luz en mi mente me hizo reaccionar, y la levanté del suelo para olerla, entonces les juro que no imaginan mi sorpresa al sentir el aroma de ella emanando de aquella perfección que la naturaleza había vestido de negro. 
Desde aquel día, nadie volvió a ver a aquel jardinero amante de las flores, la policía hizo investigaciones, claro, pero no lo hallaron por ninguna parte, fue el nuevo jardinero quien lo encontró, estaba acostado sobre un tosco banco de madera, y sus manos se cerraban en torno a una rosa negra que tenía sobre el pecho, pero las tenía tan apretada que las espinas de la rosa se le habían incrustado en la carne, y de alguna forma vivía del hombre. El nuevo jardinero llamó a la policía, pero cuando llegó el médico forense, acompañado de una docena de policías, hallaron un gigantesco rosal plagado de rosas negras, justo en el lugar donde había estado acostado aquel individuo. Aún en las historias que cuentan los ancianos, se dice que el jardinero murió de pena, y pasó a formar parte de aquella rosa negra, donde se encontró con su amada de nuevo, y a veces, antes del atardecer, se pueden oír en el viento, los suspiros del enamorado esperándola eternamente cada tarde bajo el rosal.

ALDOUS
 

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