Bajo el techo de la terminal de autobuses de Punta del Este hacía una temperatura agradable a esa hora de la media tarde, a pesar del calor sofocante del día final de diciembre, el día viejo del año viejo. Por esta época suelen darse calores de más de 30 grados. Afuera era un horno - caluroso, como dicen los predictores cuando quieren significar que además de cálido está húmedo - pero el amplio y volado techo del edificio proyectaba la sombra alta por la que pasaba el viento distraído, de un lado a otro de la península angosta, y daba esa sensación que uno supone en los oasis, tan agradable.
La poca gente descansaba laxa en los bancos, ajena a las preocupaciones de los negocios, al fin es ésta una terminal turística burguesa y segura; gente pronta para embarcar en los coches que esperaban con las puertas abiertas en los andenes.
De tanto en tanto, algún ómnibus llegaba con la característica exhalación del sistema hidráulico y descargaba el pasaje que traía, en su mayoría, el gesto desenvuelto del "¡aquí estoy!".
Nemesio apareció caminando lentamente desde las boleterías y depositó, con alivio, los tres bolsos, al pie de la columna que yo tenía enfrente.
Olvidé decir - qué cosa - que me hallaba sentado en un banco de listones horizontales, de madera pintada de blanco, de los antiguos de plaza, recién hecho, curvo, ondulante, como todo el mundo conoce. A mi lado, una señora mayor.
Nemesio paseó la mirada por la Terminal sin fijarla en ningún momento sobre nada en especial. Arregló su camisa, tanteó el pañuelo en el bolsillo trasero del vaquero azul, recostó la espalda cansada en la columna y dejó llegar al rostro un leve aire de satisfacción.
- Esta noche estaré en casa -, pensó Nemesio. "Casa" es el rancho a la entrada de la ciudad de Treinta y Tres, con dos piezas y parral. Allí viven sus padres; él, jubilado del municipio y ella de nada, aunque trabajó como una burra la vida entera.
Lo tuvieron viejos a Nemesio. Nemesio alegró sus vidas como el sol cuando nos anuncia todos los días que estamos vivos. Hicieron por él todo lo que allí, y ellos, podían hacer. Cuando no hubo más, el muchacho se fue. Hizo bien, opinaron ambos, pero lo hubiesen querido atar al barrio chico del poblado chico, al río Olimar, a las leyendas del pago, a las costumbres del vecindario, a las lunas llenas, a las escarchas del invierno, a lo poco compartido; no pudo ser porque eso no alcanza en los pocos años de una vida joven. Por eso, Nemesio, se fue a Montevideo primero, y a Punta del Este después.
El fin de año anterior habían sacado la mesa para fuera, la pusieron debajo del parral; mientras la madre preparaba la cena mejorada de fin de año y el padre cebaba mate, él les fue contando las cosas extrañas, de ese mundo extraño para ellos, que es Punta del Este.
Fue el año pasado sí, que les contó el caso del Sr. Wilker, al que en el invierno se le murió la mujer en Buenos Aires y en la temporada siguiente vino casado con la señorita, la hija de la difunta Sra. Wilker, su entenada.
- Cosas de ricos - acotó el padre y empezó a contar un caso que creyó similar, pero sólo era uno de los tantos incestos de la pobreza.
Las cosas de Punta del Este dejaban muy descolocados a los viejos.
Les contaba que era el jardinero de una gran mansión, con un gran parque arbolado cubierto con césped de hoja ancha, muchas plantas de flores y una mucama correntina. En verdad, era ayudante de jardinero y a ese chalé iba sólo en la noche a abrir y cambiar de lugar los regadores y realizar algunas tareas menores.
Era cierto que había intimado con la correntina y cierto también que la muchacha le traía un plato con saladitos cuando el señor tomaba el whisky, lo que ocurría todas las noches.
Nemesio les contaba a sus padres que algunas cosas comía, los sandwiches por ejemplo, pero otras, como unas lenguas rosadas con gusto a pescado y unas pelotillas negras parecidas a cagarrutas chicas, esas, iban a parar a la cucha de Gitano, el perro siberiano del que se había hecho amigo.
Así, entre los asombros de sus padres, pasó la última fiesta que como todo lujo tuvo un pastel de miga con pasas de uva y una cervezas frescas sacadas del aljibe.
Este año, él agregaría la botella de champagne del que sus viejos ni noticia tenían.
Abrió uno de los bolsos para verla una vez más, con el papel dorado, brillante y con el lazo en espiral que le daba esa distinción tan particular.
La chica que la envolvió en el supermercado ni sonrió ni dijo nada, sólo lo miró y Nemesio comprendió que eran los dos de la misma clase, gente igual. Lo advirtió por aquel rápido reflejo en la mirada de la empleada que era la forma más breve de expresar, "feliz año, hermano".
No resistió la tentación y sacó la botella del bolso como para acariciarla.
La botella resbaló, cayó al piso y estalló en líquido y vidrios verdes.
Nemesio quedó erguido, mirando hacia delante, tenso, pero indiferente, como si la cosa hubiera ocurrido en otro lado y a otra persona.
En la media tarde de la Terminal todos miramos atraídos por el ruido y intuimos al instante, sin necesitar explicaciones, el pequeño e intenso drama.
Al rato, la limpiadora de turno se acercó, levantó los vidrios, su envoltorio y su lazo en espiral; los metió en la pala, juntó más vidrios con la escoba y empujó el resto del champagne hacia la canaleta de desagüe. Después llevó la pala al tacho de la basura y allí la volcó.
Nemesio guardó la misma postura hasta que llegó su ómnibus.
Un instante antes de abordarlo, giró la cabeza y me miró a los ojos, y también miró a la desconocida señora mayor, a mi lado.
¿Nos odia, Nemesio?