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El torrente

Cuando Lorenzo abrió hacia fuera la puerta del baño un torrente de agua lo llevó escaleras abajo. Desde entonces mira con prevención la parte inferior de las puertas de todos los baños por si aquel extraño fenómeno se vuelve a repetir. Esta es la secuela mayor del lejano episodio de enero del 2002.

El agua se llevó los muebles que encontró a su paso, rompió vidrios de las ventanas de la planta baja y se esparció por el césped del jardín como un arrasante huracán líquido. Lorenzo quedó magullado, dolidos los músculos de todo el cuerpo, no tanto por los golpes que se fue dando en la caída sino por su afán de aferrarse a los barrotes verticales de la escalera.

Cuando el aturdimiento pasó, pensó con inocencia, que alguien  había dejado la canilla abierta. Sin embargo, era evidente que tanta agua debió tener otro origen.
Contó luego el vecino de al lado que cuando sintió el ruido, un estruendo como el de las cataratas del Niágara donde nunca estuvo, miró hacia lo de Lorenzo y lo asombró la cantidad de agua que corría por el jardín hacia la calle. Quiso llamar a su mujer, pero se acordó que ese fin de semana había ido a la casa de la madre.

¡Mi Dios!, fue lo único que se le ocurrió. Un rato después apareció Lorenzo en la puerta, alumbrado por el brillante sol de esa mañana de verano, con el pijama empapado, lívido aún a la distancia, con sangre corriendo desde su cabeza lastimada. Quería hablar y no podía; movía los brazos y las piernas como los títeres.

El vecino, al fin, deshecha la instancia Kodak, saltó el cerco a la carrera dispuesto a prestar ayuda al herido.
¡Era la imagen del espanto!, contó el solidario vecino pocas horas después, y meses más tarde repetía que ¡era la imagen misma del espanto, me asustó!

El agua no lavó la sangre como era de esperar sino que la amplificó en su reconocida función trágica. Lorenzo temblaba, sollozaba, no contestaba las preguntas sobre lo que había pasado. Los vecinos, varios, llegaron corriendo, se interrogaron con gestos y palabras sin sentido, todo fue caos. Un gordo en short llamó a los bomberos desde un celular, mientras que la "señora inválida de enfrente" usó su teléfono para advertir a la comisaría de la zona sobre lo que pasaba. Un hombre quiso entrar a la casa, pero Lorenzo se movió convulso y gritó: ¡no, no! Lo sentaron en una silla plegable, en el jardín, mirando la fachada de su desbordado domicilio, poco a poco más normal.
Media hora después los bomberos llegaron a sirena abierta y, entre otras cosas, revisaron los depósitos de agua en la azotea. Estaban llenos. El Alférez le dijo al Capitán que podían haberse llenado después de vaciarse, pero el Capitán, más observador, le hizo notar que el piso de la azotea estaba seco. Sacaron fotos, midieron la distancia hasta donde había llegado la ola líquida por los pastos del jardín.

Concluyeron que el agua había recorrido los niveles con normalidad siguiendo las cotas del terreno. Reunidos los bomberos con la policía y el fiscal se convencieron que el fenómeno estaba ajustado a las reglas de la física. No hay delito desde el ángulo penal, dijo el fiscal. Asintieron todos con la determinación de librarse del asunto cuanto antes. Faltaba el origen, la causa del fenómeno. El comisario dijo: cosas que pasan. Le preguntaron a Lorenzo si quería hacer alguna denuncia y dijo que no. Sólo quería que se fueran todos.
Cuando los periodistas le preguntaron a Lorenzo si recordaba algo especial que le hubiera ocurrido o parecido extraño horas o días antes movió la cabeza y dijo a falta de mejor respuesta: "yo que sé, son cosas del diablo".

Al pedirle alguna otra precisión respondió moviendo la cabeza de un lado a otro: "¿qué otra cosa puede ser?" El Heraldo tituló: El Diablo en la ciudad. Luego se despachó deduciendo que el dueño de la finca, aún impactado brutalmente por el insólito suceso, creía que al menos algo sobrenatural había ocurrido. Entonces la versión de un Diablo en la ciudad alborotó a la gente y el alcalde se vio obligado a intervenir cuando empezaron a aparecer pancartas que pedían que las autoridades protegieran a los ciudadanos de las andanzas del Maligno.

Lorenzo fue internado en el Centro Psiquiatra para que una comisión de técnicos le mostraran cartones con dibujos. La vivienda quedó abandonada y los vecinos cercanos fueron a dar a casas de parientes. Sólo "la vecina inválida de enfrente" se quedó en la suya. Se empezó a sospechar de ella como cómplice del Diablo. El agente que atendió su llamada en la comisaría avisando del suceso le contó a un compañero que para él la misma se produjo como quince minutos antes de que ocurriera el torrente.

Los más moderados le decían desborde. Y el compañero se lo contó a su mujer, y ésta a la vecina, y la vecina a su vez... ¿Qué es esto de la llamada?, le gritó el comisario al telefonista. La versión se hizo firme y oficial. Doña Ursula, nombre de bruja, notó alguien por primera vez, fue llevada también a ver los cartones del Psiquiatra, pero no la internaron, la devolvieron enseguida. La anciana en todos los casos contestó que los dibujos de los cartones no le parecían nada y que se dejasen de joder, que si había llamado fue para ayudar a un vecino mojado y en pánico. ¡El desparpajo del mal!, sentenció la monja de guardia.

La pesquisa no pudo seguir adelante. No sabían cómo. Un concejal de la oposición solicitó la intervención de la NASA. Se pensó que el Pentágono, que estaba sin trabajo después de llevar la democracia a un país del sudoeste asiático que fabricaba bombas de estruendo, podía invadir la zona con las aleccionantes consecuencias conocidas.

Lorenzo se mudó de barrio primero y luego de ciudad. La casa se hizo tapera y luego se derrumbó. Una pala mecánica subió los escombros a varios camiones y el terreno quedó baldío. Doña Ursula se murió y el vecino de al lado también. El tema se fue olvidando. Las casas del entorno volvieron a ocuparse con cierta lentitud, y si no fuera por mí que lo cuento ni Ud. se  hubiera enterado. Son cosas que pasan.

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