El profe me venía diciendo en todos los intervalos del combate que cuando largara la izquierda a matar no bajara la cabeza ni la mano derecha. ¡Quedás regalado, Walter! En los entrenamientos del gimnasio todo salía bien. Así, así.- oía al profe que me dirigía apoyado en las cuerdas del ring - la derecha arriba, muy bien. La pelea venía saliendo a pedir de boca, yo le tiraba al cuerpo para sacarle aire y lo cruzaba arriba después. Entraba y salía girando hacia mi derecha para no encontrar la derecha de él. ¡Bien, Walter, bien!, era el vozarrón de mi hermano, inconfundible, gritando como siempre, entusiasmado, desde la platea. No vi el guantazo, no lo vi. Algo estalló en mi cabeza y ya nada fue igual. Me doy cuenta de que no soy el mismo. En principio, no peleo más. Cuando le pregunto a mi hermano que qué es lo que pasa, me contesta que son cosas. Estoy algo olvidado y me duele la pierna, pero eso se va a ir. También me cuesta un poco hablar, pero eso también se va a ir. Tengo pocos años. Tengo pocos años... Ud. es muy joven todavía, dice el doctor. ¿Qué me miran esos chiquilines? Deben saber que soy boxeador. Me paro y me pongo en guardia. Hago unas fintas y me vuelvo a sentar porque me canso. Ellos se ríen y se van. ¡Qué muchachos! Paso mucho tiempo sentado en este banco de la plaza, a la sombra de los plátanos, oyendo las hojas que mueve el viento. Me gusta oír los pasos de la gente en las veredas embaldosadas, la salida de la escuela al otro lado de la calle empedrada, y la pareja que se besa en el banco de enfrente como si yo no existiera. Al final de la tarde, mientras el sol se va, todos los pájaros se ponen a cantar y es lindo. Cuando hace mucho frío o anochece viene mi hermano a buscarme y nos vamos calle abajo, muy despacio, rumbo a casa. Por el camino insisto en qué es lo que pasa, sabiendo que la respuesta es -son cosas, Walter. |