Lucio se sentó en el
inodoro con la tapa cerrada.
Levantó la cabeza y vio en el espejo grande que cuelga en la pared
tocando por abajo la mesada del lavatorio, su rostro flaco y cincuentón
con una barba entrecana a medio camino de la espesura, mucho más cerca
de la desprolijidad que del buen trato, con el ralo pelo de la cabeza
revuelto y gris.
No le gustó nada la imagen inmisericorde de hombre enjuto, verde oliva,
despeinado y ojeroso.
Se dijo que ahora era eso, y se apenó. No pensó en nada, no se comparó
con nadie, ni con él mismo muchos años atrás. Quedó en blanco bastante
tiempo, más que el que pasara alguna vez anterior en ese baño.
Al final, como todo tiene un final, fue volviendo a las cosas que lo
rodeaban: los cepillos de dientes, los jabones, los peines, esas cosas
que están ahí de pura compañía circunstancial. Lucio imaginó que todo lo
personal tendría camino de basurero, sin duda.
Sobre la mesada también había un envase de plástico con suavizante para
la ropa. La piel tersa de un bebé sonriente lo miraba con inocente
desparpajo. El rostro del chico era todo lo contrario de la máscara del
hombre sentado en el inodoro.
De pronto se levantó con decisión, tomó al niño por el cuello y lo
estranguló.
El líquido viscoso de color azul salió por las esquinas cortadas de la
bolsa pegándose a las paredes, al espejo, a la barba y al poco pelo de
Lucio, mientras un extraño sudor de venganza, de revancha con la vida lo
fue mojando hasta un final de tranquilidad inexplicable.
Luego puso todo en su lugar, limpió el escenario de su asesinato
virtual, se dio una larga ducha, y como era católico dijo en voz alta:
Señor, ya estoy pronto.
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