Al comenzar el mes se
desbordaron los ríos chatos: el Yi, el Negro, el Olimar, el Cebollatí y los
respectivos afluentes. El centro del país quedó convertido en una gran
bandeja llena de agua barrosa. Agua lenta para subir y más lenta para irse.
Como es de imaginar hubo que llevar a la
gente orillera a las zonas altas y secas, a lugares públicos techados y
amplios donde poder dormir y comer. Ni electricidad, ni agua corriente, ni
servicios sanitarios hubo en la zona inundada. Reventaron los pozos negros y
el director del hospital habló de alguna epidemia. Clases suspendidas y el
estupor final cuando las aguas se retiraron sin prisa y quedó la desgracia
panza arriba.
Nunca pensé que el mes de mayo tuviera
temperaturas bajo cero.
Por estos días finales ha ocurrido. La humedad instalada en las paredes, en
los pisos, en los muebles, en la leña seca que no prende, en la ropa y en la
pobreza resignada de los que menos tienen, más el frío, padre del sabañón y
de los mocos, golpean sin miramientos en toda esa gente que ya dejó, muy
rápidamente, al primer sol, de ser noticia. Volverá a saberse de ellos
cuando ocurra la próxima creciente. Volverán también las almas caritativas a
juntar colchones y frazadas, y hasta alimentos no perecederos, y a sacarse
de arriba todo lo que les sobre porque “ya no hay por donde caminar en esta
casa”.
Se fueron los ministros que recorrieron los barrios en gomones de la
Prefectura, no hay más programas televisivos maratónicos llamando a la
solidaridad del pueblo oriental, tampoco espectáculos musicales o deportivos
recaudatorios, ni siquiera leves denuncias de desvíos de la ayuda generosa.
Se acabó.
Mientras tanto, los ríos esperan para volver otra vez a recrear el drama al
que no sabemos ponerle fin.
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